Agitando la mano desaparecieron, como si fuesen alas y volaran. Y el aparcamiento se me hizo grande de pronto. Al entrar en casa lo primero que sentí fue el eco por su ausencia: ya no había gritos, jaleo, “aita, aita” persiguiéndome para hacerles algo.
Se suponía que me había quitado un peso de encima.
Por la noche solo el móvil me dio las buenas noches.
Por la mañana sólo el olor a mi mismo.
Era mediodía y ni una caricia, ni un beso, ni una mirada.
Otra vez de noche, y cuando me dormí soñé que tenia tan poco peso y que era tan liviano que flotaba y me convertía en una especie de nube. Se suponía que había logrado lo que quería, quitarme el peso; había llegado al cielo, desde donde no podía verlas, ni oírlas, ni sentirlas, y deseé con todas mis fuerzas volver a recuperar el peso para bajar del cielo y estar con ellas.
Me quedé sólo


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