«Cuando Charles dio por terminadas sus diversas lunas de miel, se sentó a escribir el «gran libro», la novela que iba a garantizarle un lugar en el canon moderno de Norteamérica. En otros tiempos habría bastado con escribir El ruido y La Furia o Fiesta. En cambio, en su época, la magnitud era esencial. El grosor, el tamaño. Antes de casarse con un novelista, o incluso de imaginar que ella misma pudiera llegar a serlo, Leila debería haber tenido la sensatez de esperar y comprobar cómo se vive en una casa en la que alguien se plantea escribir un «gran libro». Los días de frustración se lamentaban con tres bourbons dobles. Los días de avances conceptuales y de euforia se celebraban con cuatro bourbons dobles. Para dilatar su mente en busca de la grandeza requerida, Charles necesitaba pasar semanas enteras sin hacer nada. Aunque la universidad le exigía bien poco, eso ya era más que nada y hasta las mínimas tareas que no llegaba a hacer se convertían en tormentos. Leila se encargaba de cuantas podía, incluidas algunas que no debería haber asumido, pero no podía, por ejemplo, dar clases por él. Durante horas, resonaban en la casa -una Craftsman prefabricada de tres pisos— sus quejidos ante la perspectiva de tener que dar clases. Los gritos sonaban en todos los pisos y, aunque pretendían ser un gesto de humor, no dejaban de ser sinceros.
La virtud que salvaba a Charles, y que provocaba la debilidad de Leila, era ser gracioso. En sus escasos días buenos podía escribir un párrafo largo —desconectado como todos sus iguales, de cualquier otro párrafo— que hacía partirse de risa a Leila. Pero era mucho más frecuente que no saliera ninguno …»
Pureza, Jonathan Franzen


Deja un comentario