Al Oeste

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Los sótanos del mundo —Ander Izagirre | cita de libro

Las cicatrices de Arizona.

Cuando se asomaron al Cañón del Colorado, los exploradores españoles del siglo XVI pensaron que un cataclismo había abierto esa cicatriz monstruosa en la faz de la tierra. La verdad resulta aún más terrible; la garganta de trescientos kilómetros de largo, una veintena de kilómetros de ancho y 1800 metros de profundidad fue horadada por el río, gota a gota, en el silencio de los siglos. El Gran Cañón seduce a los sentidos pero, sobre todo, asusta a la razón: nos habla de esos millones de años en los que no había nadie en el planeta, de este universo en el que los fenómenos ocurren fuera de nuestra existencia, inabarcables para nuestro entendimiento. El río Colorado ya estaba aquí,
agujereando el cañón con la misma fuerza imperceptible de ahora, y seguirá desgastando la piedra cuando hayamos desaparecido, sin que nuestra extinción le importe nada.
El Gran Cañón es una muesca excavada por el tiempo, que marca el paso de las épocas sedimento tras sedimento, como un preso aburrido: sus murallas desnudas muestran las capas horizontales que forman el terreno, en franjas de calizas crudas, óxidos rojos y metálicos, areniscas pálidas y doradas…



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