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La siliconización del mundo (Eric Sadin)

«Quizás asistamos a la emergencia, todavía imperceptible y sin embargo masiva y progresiva, de una civilización en el seno de la cual, por primera vez en la historia de la humanidad, los seres se imaginan como los amos todopoderosos de su vida».

Eric Sadin

Los algoritmos no son ni buenos ni malos, sólo nos preceden —como otros tantos—, en la definición futura de lo que cada uno de nosotros queramos que sea. Estamos ante un libro importante. Su autor, frontalmente opuesto al despliegue imparable de una sociedad y un mundo —economía de la vida, lo define—, regido, gobernado y envuelto en capas de tecnologías con cada vez más poder, no solo para guiarnos y potenciarnos, sino también para, y es aquí donde comienza el problema, reemplazarnos en aspectos tan importantes como la toma de decisiones.

Estamos en el incipiente despertar de este nuevo mundo «tecnológico», y Eric Sadin (Francia, 1973) lo combate razonando cómo la Nueva Era «digital», que responde a un plan concebido en Silicon Valley (California) para gobernar, amparar y capitalizar todo acto y todo acontecimiento en el planeta.

No, no es un libro tremendista, o que busque narrar una distopía poco probable. El autor disecciona la transformación socio-económico que está sufriendo el mundo, e imagina cómo acabará siendo si las inercias, con su fuerza imparable, no se alteran bien por acción voluntaria de las personas y/o gobiernos, o por acontecimientos inesperados y poco probables.

«La fuerza del tecnoliberalismo no consiste tanto en operar una síntesis inédita entre ideologías históricamente inconciliables, sino en reunirlas reduciéndolas a su dimensión «soft», ataviándolas de este modo con galas seductoras, puesto que encarnan juntas una forma de «anticonformismo» jovial, voluntarista y salvador. Es una suerte de proyecto político y social sazonado con un toque de utopía y realizable gracias a la implicación concreta y activa de todos los espíritus optimistas y revoltosos del mundo.»

¿Cómo ha medrado de una forma tan colosal y súbita esta especie de nuevo capitalismo —»tecnocapitalismo»—, que amenaza con suplantar toda forma de gobierno e incluso de sistema democrático conquistado en tantos siglos de sacrificio y esfuerzo? Es una gran pregunta a la que responde de forma erudita Sadin, porque no sólo es el poder de la tecnología el factor que habría podido lograr este avance a todos los niveles (gobierno, religiones, ámbito privado, pensamiento…), sino una confluencia de factores que tienen su origen en la California de Silicon Valley fruto de la historia y de los acontecimientos allí sucedidos muchos años antes.

Como resumen: el desarrollo tecnológico (datos, sistemas, comunicaciones, plataformas), junto al conocimiento científico-tecnológico y a una cierta mentalidad, mitad hippie-new age, mitad capitalista feroz, fueron el caldo de cultivo para que una serie de primeros emprendedores iniciasen el desarrollo veloz y voraz de un nuevo modelo económico y social basado en modelos de negocio de base tecnológica capaces de trascender modelos de gobierno de cualquier índole y condición.

«…que salgan de la Escuela diez o viente «king coders» que van a crackear el sistema, esa es la ambición abiertamente declarada del espíritu anarco-capitalista, entonces, y que pretende «formar» jóvenes individuos liberados de todo límite. Podemos medir la separación abismal con la universidad humanista, la cual no buscaba «crackear» lo que fuere sino erigir, por medio de la reflexión, el intercambio, los libros, el saber y la cultura, una civilización basada en la responsabilidad, la política y el derecho.»

Una enfermedad no es más que, según Bernard, el resultado de una excitacion desmesurada que modifica su naturaleza. Y esta es la base de la tesis que presenta el autor en este libro, un dogma del uso de la tecnología desmedido y universalizado que está provocando la cesión de los derechos y deberes básicos de la sociedad a los algoritmos y otras tecnologías de lo exponencial. «Un «cambio de intensidad» modificó bruscamente la función de lo digital, haciéndola pasar de un estado «normal», el de una conformidad con nuestra condición ontológica —consciente y decidiente— a un estado patológico por el hecho de su autonomía decisional que perturba, en su fundamento mismo, nuestra constitución humana.

La cuestión no es si es bueno o malo el destino al que nos dirigimos al permitir que esta dinámica que desde veinte años ha cobrado suficiente fuerza como para regir muchos de los actos que a título, no ya colectivo, sino personal , desempeñamos a diario. Sadín cree y defiende que no es bueno, pero también se lo cuestiona ahondando en la tesis de que el desarrollo también pasa por afrontar crisis y enfermedades, en este caso un poder desmedido y fagotizador de las empresas tecnológicas y sus apóstoles: gobiernos, otras empresas, ciudadanía…

«El psiquiatra Ronald Laing había hecho popular una idea: la locura no es fatalmente un «colapso»; quizás también sea una avanzada, un despegue hacia el afuera que son las tierras desconocidas»

¿Por qué la sociedad y los individuos adoptan (y ellos mismos se transforman) nuevas formas de hacer, de sentir y de pensar fruto del contacto con estas tecnologías? El libro describe y acota de forma admirable fenómenos nuevos, que hoy en día se asumen como normales, e incluso nos parecen ya «de toda la vida», habiendo surgido hace poco menos que dos décadas:

El tiempo real designa la ausencia de diferimiento discernible entre la acción de un usuario y la satisfacción de su demanda. El tiempo real no sólo denomina una estructuración técnica que, al evolucionar súbitamente, sale del medio constituido únicamente por las computadoras para ejercerse en diversos campos de la vida; también remite a una condición antropológica en emergencia que pretende controlar todo y no abandonar nada a la incertidumbre o al azar, dando rienda suelta a la voluntad de asentar una dominación absoluta no ya sobre la naturaleza, como se decía antaño de la ciencia, sino sobre el curso de las cosas. Cuando gran cantidad de entidades y miles de millones de individuos se encuentran súbitamente dotados de semejante aumento de control, podemos imaginar qué tipo de sociedad es susceptible de formarse basada sobre un ajuste continuo de lo real a todas nuestras exigencias.»

La tecnología no es mala en sí misma. Los avances, transformaciones y alteraciones que la era tecnológica está provocando no es una circunstancia negativa ni un acontecimiento que debamos rechazar. Ninguna forma de novedad, por mucha crisis que conlleve, lleva a un retroceso del desarrollo de la humanidad y del mundo. La gran pregunta, en mi opinión, no es si debemos detener este avance omnipotente que lo está transformando todo (y esto, el gran cambio, sólo acaba de comenzar), sino: ¿qué uso haremos a título individual y colectivo de esta mundializacion tecnológica que todo lo va a transformar, para desarrollarnos personalmente? ¿Qué postura adoptaré en ese nuevo escenario tecnológico, que limites o no límites impondré, como me protegeré o usare, y como sabré que estoy siendo beneficiado y no perjudicado? Aquí lo que está en juego es nuestra decadencia personal consecuencia del poder decisorio de la tecnología y los algoritmos; o por contra, el avance y desarrollo personal del buen uso o no buen uso que hagamos de las tecnologías.

Está claro que muchas serán las víctimas, sucumbiendo a la dejadez en sus responsabilidades, derechos, deberes e intereses, delegando en las todopoderosas fuerzas tecnológicas el grueso de sus decisiones, y llegar a una infantilización masiva, que adormece los sentidos, inhibe el espíritu y proclama nuestra dependencia absoluta (y nuestra subyugación) de “otros”.

¿Se puede escapar de esto? ¿Llegará el día en el que subyugarse o resistirse deje de ser algo opcional y voluntario a algo obligatorio o al menos temerario rechazar? Como expone Yuval Harari en su libro 21 lecciones para el siglo XXI, el peligro no viene de una violencia frontal y directa de los poderes fácticos, de una empresa, un gobierno o un grupo organizado, el mayor exponente de riesgo viene del ninguneamiento de los individuos por parte del sistema tecnológico y sus algoritmos. El riesgo y el pánico a quedarse fuera del sistema, un sistema que se nos presenta como un lugar utópico, una especie de mundo feliz y seguro, próspero y pacifico, donde los individuos son conducidos a eventos controlados y generados por las tecnologías que transfieren y generan estas condiciones favorables; frente a un escenario, como el actual, de incertidumbre, miedo, riesgo, violencia, escasez, estrés y ansiedad… La amenaza subyacente no será de violencia, sino la posibilidad real — no sólo una promesa— y demostrada, de dejarnos fuera del «paraíso terrenal» que la tecnología está capaz de fabricar.



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