El día que no servía para nada
miré a mi alrededor y el vacío se extendía
tras de mí como una estela
cuyo significado era horrible: nada.
nada era el legado
nadie detrás
ninguna lección
ninguna construcción
nada.
y desde esta atalaya
—que era más una estepa semidesértica—
otro tipo de sentimientos afloraron;
se podía saber que no estuvimos preparados
para nada de eso,
o simplemente que era polvo y niebla
y que no había merecido la pena renunciar
a cualquier otro aspecto de la vida.
asusta verse tan solo e inútil
e incierto,
pero es una de las razones
para seguir mirando con los ojos y
los oídos bien abiertos,
gastados, porque tal vez la verdadera voz
solo se escuche en este desierto
ausente de palabras y ruidos extraños
de sinrazón e inercia
en esta posada de inutilidad
y falta de legado.
tal vez, tal vez… estén aquí
los aprendizajes.


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