Una explanada llena de coches
inundada por el sol,
lineas divisorias en el piso
solitarias y pisoteadas al mismo tiempo
entre un vehículo y el contiguo,
una vida y la contigua,
conectadas temporalmente, lo que dura la compra.
Murallas de hormigón y lucernarios de cristal
ven acudir como a una eucarística
en la que reciben su hostia sagrada
miles de cuerpos incrustados
en una nueva religión.
Las nubes, allá en lo alto,
vigilantes, no dan crédito.
Se miran, cruzan silencio con un vientecillo sigiloso
que trata de llevarse lejos los humos,
pesados, malolientes,
y ¿por qué no? Enmascarar las prisas para que no pasen
vergüenza.
Una piña de edificios alrededor
posan hambrientos
solo hasta recibir sus ofrendas.
En realidad solo movemos objetos
de un lugar a otro aunque lo sea todo para algunos,
atribuyen significado a cosas muertas.
Las nubes observan y empalidecen,
nadie se avergüenza
las lineas en el suelo lo más difícil de digerir.
Lineas


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