Al Oeste

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El fango de la vida

¿Cuánta tristeza esconden estas negras aguas
que manan de mi alma?
Hace ya tanto que cedieron
bajo el peso de la mugre de tiempos
inmemoriales que no recuerdo;
aspiraban a todo, y se pudrieron,
lixiviados que escurrían el gran destino,
fuga yéndose bajo el escombro
y el humo de chimenea
de fábricas febriles e inmundas.
¿Alguien, alguna vez, se ahogó ahí debajo?
¿Seré yo el primero?
¿Alguien que me acompañe?

Es posible que existan miles de almas
que interrumpieron su salazón
al precipitarse alcantarilla abajo.
La ciudad no guarda rencor
ni pide disculpas;
la ciudad no supone,
solo es discípula;
no te juzga, te sostiene, dispone;
cobija a quienes inventaron,
a los que tuvieron la idea de ponerle
música a los inodoros,
ventanas enfrente, gente curiosa
en esas ventanas
y un cielo aburrido para que solo
tengan que mirar.

La ciudad es tan fea
que nos agrada vivir en ella;
como la perseverancia, o la perversión
del primer hombre-simio exigiendo amor, sexo, dolor,
que una, y otra, y otra se enfrentaran
para satisfacerle.
Alma negra, agua negra
frente a la muralla salada
salida del fuego tímido primordial,
bajo el Cerro de la Salvación,
quizá solo desde una cloaca.

Y ahora (RISAS) el hedor nos conmueve,
sigue llamándose humanismo;
¡eureka! ¿acaso hemos despertado?
¿era tan ácida la experiencia
que al deshacernos las entrañas
nos hizo coger vuelo; distancia?
¿Quizá, tal vez, sea motivo de celebración?
Brindemos, entonces, por muchos más años
de ese fango que ahora nos hace
tan felices y ricos como desdichados antaño;
comamos sin arrepentimiento los panes y los peces,
aunque estén infectados,
ya sabemos que vaticinan un final feliz,
allá,
junto a los caparazones de las decenas de millones de seres más listos
y traviesos que nosotros que yacen esperando.

Muramos en la propensión infinita
a sentirnos en paz con nosotros mismos
sin dejar de observar —eso sí—
la podredumbre que ocasionaron
esas respetables lucecitas;
al fin y al cabo solo somos esto:
torpes e imprecisos acontecimientos
que tratan de perpetuarse;
agua negra en el fango
de la vida.



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