Vuelvo al origen,
a hacerme pequeño,
a ser frágil y simple como el otoño,
a decir lo que pienso
evitando pensar lo que no quiero decir,
lo que no me gustaría escuchar;
a tocar sus manos callosas
sin guantes, sin rencor, sin astucia,
como si nunca hubieran renunciado
a ser tocadas ni yo temido que se volvieran en contra;
sufriendo en ellas, para ellas,
por que no se crucen más en mi camino.
Turbio quehacer de espinas y pocas rosas,
camino que ellos evitarán y yo enmarcaré en días de soledad,
pureza, silencio, apertura…
como si en verdad se pudiera regresar al origen
y volver a sentir que todo tiene sentido;
más allá de todos ellos:
gritos, gritos, silencio, silencio.
Al principio


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