Diarios 1 y 2: A ratos perdidos de Rafael Chirbes
GRANDE CHIRBES!
Lo repito una y otra vez porque no ha dejado ni un instante de admirarme.
Escribió para sí mismo; y luego eligió, corrigió y dejó todo preparado para que se publicaran estos diarios tan personales; de ahí su doble acierto: guarda intacto por un lado su esencia salvaje de todo lo que se escribe para uno mismo, en secreto, sin esconder ni resguardarse de las consecuencias. Y por el otro, según avanzan los diarios , va perfeccionando el uso formal de la palabra.
Esta dicotomía se extiende y se enriquece a sí misma. El hombre-persona contra el escritor, la injerencia de lo emocional e improvisado frente al reposo intelectual de una eminencia de las letras con intención de aportar algo elevado al mundo de la literatura. Las palabrotas y la grosería contra el lenguaje refinado. El escritor vocacional contra la industria que le habilita a vivir de ello.
«Ahora empiezo con otra monserga: ¿volveré a escribir algo que merezca la pena? De nuevo paralizado. Me persigue el modelo de la novela que acabo de finalizar. Lo limpio, lo pulo. Mientras la escribía, me parecía que ese estilo suponía una forma de ablución, era librarme de mis costras. Ahora empiezo el ejercicio de librarse de esa novela que puede convertirse ella misma en una nueva costra…
Huir de lo limpio, de lo puro. Escaparse del estilo que acaba de nacer y ya está muerto».
Me ha encantado conocer al Rafael persona, y en momentos sufrir por su sufrimiento, pues su alocada vida le acarrea no pocos pesares:
«Muchas veces pienso que, con mi frágil salud y la apocalíptica corte de excesos que la rodea y ha rodeado, si no escribo ahora la novela, más adelante ya no podré hacerlo. Cada día me falla más la memoria, la capacidad para ordenar los materiales, la voluntad. Me digo que no puedo entretenerme más, aplazar de nuevo la novela, cubrir el hueco con otro libro a la espera de que llegue la madurez, es una historia que ya me conozco. Luego me digo: pero qué coño es la novela, qué mierda de conceptos es ese, y también le doy vueltas a que, si lo que quisiera de verdad en esta vida fuese escribir una gran novela, le de caña otro afán, y, sobre todo, más preocupación efectiva; es decir, tiempo ante el ordenador. Pero si la mitad de las noches vuelvo a casa harto de gin-tonics, y mi única preocupación es poder levantarme a la mañana siguiente sin que me agobien demasiado los vértigos que arrastro y tanto me condicionan. La idea de una futurible escritura me parece cada día más una excusa para fingir que todo este desorden en que se ha convertido mi vida tiene un sentido, una brújula que lo guía y le da sentido, y que me empeño en algo que lleva a algún sitio. La literatura, como criada que te ordena la casa.
Cada página que avanza es más incisivo y crítico (aunque lo es desde el principio); auténticas lecciones de vida, coherencia, mucha coherencia entre lo que piensa, lo que dice, lo que escribe y lo que vive. Y sufrimiento, y humildad, y trabajo, trabajo, trabajo… aunque a veces se le haga cuesta arriba y no sea capaz de salir de la cama en días. Soberbio y muy lúcido en su retrato de algunas partes de la sociedad: la pobre e inculta, la del abandono, la del desarraigo como la que él ha vivido y conocido:
«No hay medicina que cure el origen de clase, ni siquiera el dinero que puede llegar luego, o el prestigio social que se adquiera. No debería extrañarme. Como materialista tendría que saber que el alma es un moldeado de las circunstancias, un complejo tejido de formas, de tabúes, de esperanzas, desconfianzas y rencores, que se amasa en la primera infancia. Es una composición, una combinación de materiales, pero también una herida de cuyo dolor te defiendes, e incluso ante tus propios hijos ya desclasados sacas las uñas de animal de abajo.»
Inspirador sobre todo para aspirantes a escribir algo digno, ya que abunda en sensaciones y pensamientos como escritor novel al empezar los diarios en 1.985, y consagrado al finalizarlos en 2005. Podemos identificarnos (salvando las distancias) con la montaña rusa que padece respecto a sentirse embriagado de satisfacción por el trabajo logrado un día, y ahogado en la montaña de mierda que le parecen sus propios escritos a la mañana siguiente. Como si ni siquiera tuviera sentido seguir con su carrera de escritor y asumir el coste que tiene en tiempo y energía vital, por dejar de hacer otras cosas con mejor propósito y mayor utilidad, o al menos significado.
Al llegar al punto final del libro nos quedamos con la miel en los labios y con las ganas de seguir con los diarios 3-4, y 5-6. Mejor final no puede tener: tenebroso, incierto, sagaz, auténtico; con una verdad desnuda y sin piedad, embargado por la incertidumbre, repleto de miedos, en la herida abierta de un escritor mayúsculo. Como si lo hubiera hecho adrede nos deja con más preguntas que respuestas, y con mayores ganas de ahondar en sus diarios.
Ya se decía que estos diarios son imprescindibles, no sólo para conocer a uno de los grandes escritores del siglo (y probablemente de la historia), sino además como obra en sí misma. Sin duda.


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